No sé qué le pasa a la gente.
Que una de las personas más maravillosas que conozco lo esté pasando tan mal por culpa de algo indeterminado (de lo que sólo puedo hacer suposiciones), que el mundo esté tan mal repartido y que te puedas pasar la tarde del sábado deambulando por Jaén y no encontrarte ni a un buen amigo...
Hay que ver...
Luego resulta que te encuentras con las últimas personas a las que esperabas ver, y resultan ser unas magníficas personas, a pesar de todos los prejuicios que te habían inculcado en su contra.
Bueno, yo hoy he hecho cosas que no había imaginado y lo repetiría.
Ha sido un día extraño, como ultimamente lo son todos. Pero no me puedo quejar.
La lluvia trae consigo la melancolía y los sentimientos de soledad se acentúan. Los paraguas se hacen más grandes si no van compartidos. Y las calles huelen a tierra mojada. Y en todas ellas el agua al caer grita los nombres de aquellas personas a las que desearías ver.
Y sólo te queda la opción de entrar en una cafetería cualquiera y hundirte con tus pensamientos, lúgubres o no en una taza de humeante y amargo café.
¿Qué estará haciendo el resto del mundo mientras? Pues no lo sé.
Y luego más tarde cambias unos posos oscuros por la luminosidad de la cerveza, y la transparencia de un tequila o dos. Y tu mente se libera, y los problemas se van ahogando mejor aún que cuando se los quería llevar la lluvia tras ella.
Y de repente todo te da igual. Y te encuentras rodeada de gente en tu solitario mundo. Y te das cuenta de que no es todo tan malo como parece. Porque aunque no te llenen como te gustaría, llegas a tu casa y ves que todo cambia leyendo un simple comentario que alguien dejó ahí cuando se acordó de ti.
Y nada te importa más que esas palabras. Y deseas que vuelva a llover para oír el nombre de las personas que realmente te importan entre las gotas de esa expiadora de penas. Y vuelta a empezar.
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